Hoy he vivido mi último día en el centro de prácticas, un cierre que ha sido tan significativo como sereno. Llegué un poco más tarde de lo habitual debido a una visita médica, y al entrar en el edificio ya percibí que algo había cambiado. El Departament d’Educació ha eliminado una línea educativa y las aulas han pasado de 14 a 21 alumnos. El contraste es evidente: más mesas, más movimiento, más ruido… una dinámica distinta que transforma inevitablemente el clima del aula.

Al llegar me encontré con Cristina, la profesora de referencia. Pudimos conversar con calma sobre el proceso vivido, los avances, las dudas que surgieron en el camino y los últimos detalles antes de cerrar oficialmente mi estancia. Fue también el momento de despedirnos formalmente, un gesto sencillo pero cargado de reconocimiento mutuo.

Al entrar en el aula, M. me reconoció enseguida. A pesar del bullicio propio de la nueva organización, su mirada fue un punto de anclaje. Hoy me había propuesto despedirme de él con un abrazo, un gesto que solo tiene sentido cuando nace del vínculo y del respeto a su ritmo. Más tarde, en un momento tranquilo, fue posible. Ese abrazo sintetizó muchas semanas de acompañamiento, observación y pequeños logros compartidos.

Antes de marcharme, escribí dos correos: uno a Cristina, agradeciéndole su apoyo constante y compartiendo algunas líneas de intervención que pueden seguir siendo útiles para M.; y otro a Judith, la tutora del centro, para comunicar formalmente el cierre de las prácticas y agradecerle su disponibilidad y acompañamiento durante todo el proceso.

Ha sido un día gratificante y triste a la vez. Gratificante por todo lo aprendido, por la confianza recibida y por la oportunidad de formar parte, aunque sea temporalmente, de la vida del aula. Triste porque despedirse de un espacio donde una ha crecido profesionalmente nunca es sencillo. Me voy con la sensación de haber aportado y, sobre todo, de haber aprendido.